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Próxima cita con: Antonin Dvorák

mayo 21, 2008

Aprendió el violín siendo niño, se convirtió en director de coro en la iglesia de su ciudad natal, Nelahozeves, no muy lejos de Praga, y tocó para la orquesta local, incluso componiendo marchas y valses para ella. En 1854, cuando tenía trece años, fue enviado a Zlonice para aprender alemán, y tuvo la fortuna de encontrar en su profesor (Antonín Liehmann) un excelente mentor. En el otoño de 1857, ese chico de 16 años fue a Praga (haciendo el viaje en carreta) para iniciar sus estudios en el órgano de la escuela.

Dvorák pasó la mayoría de los años de la década de 1860 como intérprete orquestal, primero en una pequeña orquesta dirigida por Karel Komzák, y después en la Opera Nacional Checa que fue dirigida por Smetana. Como compositor, Dvorák tuvo poco reconocimiento en aquella época. Casi no se sabe nada de sus primeras obras. La mayoría de las piezas que escribió durante la primera mitad de la década de 1860 fueron destruidas.

Las dos obras que vamos a sentir en nuestro próximo encuentro son: Sinfonía nº 9 en Mi menor Op.95 (antes conocida como nº5) de 1893 y el Concierto para Violonchelo en Si Bemol menor Op.104 (de 1895).

Hacia finales de la década de 1880 el triunfo de Dvorák en Inglaterra era completo, y sus triunfos americanos le precedían. La Universidad de Praga le había concedido un doctorado honorario en filosofía; fue elegido miembro de la Academia Checa del Arte; en 1891 se convirtió en profesor de composición en el conservatorio de Praga. El primer acercamiento de Dvorák hacia el nuevo mundo fue en la primavera de 1891. La Sra. Jeannette Thurber, mujer de un rico empresario de Nueva York, se aseguró de sus servicios para dirigir el recién fundado Conservatorio Nacional de Nueva York. Le ofreció un contrato por un salario de 15.000 dólares y cuatro meses de vacaciones anuales.

Enseguida se puso a trabajar y compuso la Sinfonía en Mi menor, el Cuarteto en Fa mayor Op.96, conocido como el “nigger”, y ahora como el “Americano”, el Quinteto de cuerda en Mi bemol Op.97 y, el Concierto para Chelo que sentiremos el sábado.

Ninguna de sus sinfonías conoció un éxito tan inmediato como ésta novena. Aún así, los “expertos” aseguran que no está al nivel de la 6º o la 8º, que la superan en profundidad, elaboración, innovación y creatividad. No obstante, para nosotros es la más conocida y la que se adapta mejor a la temática que vamos a abordar este fin de semana.

Más de una década separan los conciertos para violín (que sentiremos en próximas fechas) y violonchelo. Una época que vio la composición del resto de sus sinfonías y su exitosa conquista de Inglaterra y América. Dos obras menores para violonchelo y orquesta lo preceden, el Rondo en Sol menor Op.94, y el Silent Woods Op.68 (os acordáis, lo sentimos en clase hace varios viernes).

El concierto para chelo era la única pieza que ocupaba sus pensamientos durante el último año de estancia en los Estados Unidos. Cuando Brahms leyó todo el concierto, se dice que exclamó: “¿por qué diablos no sabía que se pudiese escribir un concierto para violonchelo como éste? Si lo hubiese sabido hubiese escrito un hace mucho”.

Puede decirse sin exagerar que el Concierto para Violonchelo sobrepasa en maestría cualquiera de las obras de Dvorák compuestas después de la Octava Sinfonía.

El segundo movimiento que empieza con una idea en forma de canción, relajada y de carácter amable (perfecto contraste con el primer movimiento) tiene matices trágicamente autobiográficos. Mientras Dvorák trabajaba en el concierto recibió las noticias de la enfermedad de su cuñada, Josephina Kaunitzova, de quien había estado enamorado en la década de 1860. En horma de tributo trabajó en el Adagio la melodía de una de sus canciones “Leave me alone” Op.82 que era una de las preferidas de ella. Murió no mucho después de que el compositor volviera a casa, sumiéndole en un profundo dolor. Éste sentimiento queda reflejado en algo más de setenta nuevos compases que añadió a la obra. Hasta el final, Dvorák continúa dando rienda suelta al dolor por la muerte de su cuñada.

El concierto fue su última gran obra sinfónica, y en ninguna otra pieza da una expresión más perfecta de los ideales clásicos y la intuición musical. Espero que sepamos sentirlo, viirlo y disfrutarlo.

Gracias Dvorák

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