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Stokowski entrevista con Krishnamurti

marzo 16, 2008

L.S: Cada arte tiene su medio de expresión. El dramaturgo se sirve del escenario, los actores, las luces, el vestuario, el color y la forma del decorado; el escultor, de la piedra o de la madera; el poeta de las palabras; el pintor del lienzo y los pigmentos; y el músico, de la vibración del aire. A mi entender, la música es la menos material de todas las artes, y tal vez, pudiéramos concebir un arte más sutil incluso. Se me ocurrió que en la música hay aspectos extremadamente inmateriales, que son casi espíritu puro…, y que quizá un día podría desarrollarse un arte que fuera inmaterial, puro espíritu…

K: ¿No le parece que la cuestión no es tanto comparar un arte con otro como la evolución del individuo que ejecuta ese arte? En cuanto a la posibilidad de desarrollar un arte más sutil aun que la música, ¿no dependería eso de la inspiración? La inspiración, según yo la entiendo, es mantener la inteligencia abierta con entusiasmo.

L.S: Yo creo que la inspiración es casi como una melodía o un ritmo, como música que oigo dentro, en lo más profundo de mi, como si llegara de una gran distancia.

K: Porque es usted músico, oirá esa inteligencia a la que está despierto en todo momento y la interpretará a través de la música. Un escultor expresaría esa inteligencia a través de la piedra ¿Comprende lo que quiero decir? Lo que importa es la inspiración.

L.S: Pero ¿cree usted que la inspiración se “compenetra” realmente con la inteligencia?

K: En el sentido en que me refiero a ello, sí. Al fin y al cabo, de ella depende todo. Si usted no es inteligente, no es un gran creador. Así pues, si a la inteligencia se le infunde energía, si se la mantiene viva, ella siempre actuará como médium para la inspiración. Eso es lo que yo llamo inspiración. Surge en usted una idea nueva porque su inteligencia está siempre despierta.

L.S: No es esa en absoluto la sensación que hay dentro de mí. Puedo describirla de este modo: cuando tengo una inspiración, es como si recordara, como si me hiciera consciente de algo que diez minutos antes llegó no sé como a mi cerebro. Existía ya, solo que no había entrado en mi conciencia. Tengo la sensación de que ha existido en estado latente desde hace mucho tiempo –no sé cuanto- y de que simplemente se hace asequible.

K: Yo diría que es la inteligencia la que trabaja para acceder a esa idea. Después de todo, señor, seamos por favor concretos: un ser desprovisto de inteligencia no se sentiría inspirado en el más alto sentido de la palabra. Me siento inspirado al ver algo hermoso, un hermoso paisaje, una hermosa música, o a alguien que recita poesía, porque mi inteligencia está constantemente explorando. Y si hay belleza, quiero traducir es visión a algo que pueda comprender. ¿No es así?

L.S: Esa es una forma de expresión.

K: Y hay cientos de formas. Yo soy solamente un forma, en el sentido al que nos referimos, y puede existir además la forma del poeta, del escultor, etc.

L.S: La sensación que siento es que la inspiración llega de un nivel más elevado que el de la inteligencia.

K: No, yo creo que la inteligencia es el nivel más elevado. Señor, la inteligencia, para mí, es el depósito de lo que experimentamos.

L.S: ¿Qué relación hay entre la “inteligencia” en el sentido que usted da a  la palabra, y la “intuición”?

K: No se puede separar la intuición de la inteligencia en el sentido más elevado. Un hombre culto no es necesariamente un hombre inteligente.

L.S: No, pero a menudo hay una gran distancia entre un hombre inteligente y un hombre intuitivo.

K: Sí, porque una vez más se aplican escalas muy diferentes. La intuición es el punto más alto de la inteligencia.

L.S: ¡Ah!, ahora estoy totalmente de acuerdo con usted.

K: Y, para mí, mantener viva la inteligencia es inspiración. Ahora bien, solo es posible mantener viva esa inteligencia, mediante el experimentar, el inquirir constantemente. La intuición es la apoteosis, la culminación, el acopio de inteligencia.

L.S: Sí, eso es verdad. ¿Puedo hacerle otra pregunta? Si como usted dice, la liberación y la felicidad son el objetivo de nuestras vidas individuales, ¿Cuál es la meta final de la vida en su conjunto, en sentido colectivo? O, en otras palabras… ¿cómo responde la verdad, tal como usted la enuncia, a la pregunta de por qué estamos en esta Tierra y hacia qué meta evolucionamos?

K: La pregunta, por lo tanto, es: si la meta del individuo es la libertad y la felicidad, ¿cuál es la meta colectiva? Yo creo que exactamente la misma. ¿Qué divide a los individuos? La forma. Su forma, señor, es diferente de la mía, pero la vida que hay detrás de usted y de mí es la misma. Así pues, la vida es unidad, y por consiguiente su vida y mi vida deben, de idéntica manera, culminar con aquello que es eterno, en aquello que es libertad y dicha.

L.S: En los designios de la vida como totalidad, ¿no le parece a usted que haya ninguna meta más lejana que la libertad, que la felicidad, ningún plan o propósito más elevado para la vida en su conjunto?

K: Veamos señor, ¿no es esto como un niño que pide: “enséñeme matemáticas superiores”? mi respuesta sería: “no va a servir de nada enseñarte matemáticas superiores si primero no has aprendido algebra”. Si comprendemos esta cuestión concreta, la divinidad de la vida que tenemos ante nosotros, es irrelevante discutir lo que yace más allá, pues nos encontraríamos discutiendo algo que está libre de condicionamiento con una mente condicionada.

L.S: Esa es una respuesta totalmente satisfactoria, clara y breve. Lo que es breve lo recordamos mejor. Siempre me ha parecido que las palabras que emplea el arte deberían ser anónimas. Surge en mi mente una pregunta: ¿Es un poema, una pieza dramática, un cuadro o una sinfonía la expresión de su creador, o acaso él es el medio atreves del cual fluyen las fuerzas creativas.

K: Esta es una cuestión, señor, en la que estoy verdaderamente interesado.

L.S: Veamos, usted es poeta y yo soy músico. Lo que me interesa es comparar nuestras sensaciones a la hora de crear dentro de nuestros respectivos medios. ¿Alguna vez se siente usted un completo extraño ante lo que ha escrito?

K: ¡Sí, por supuesto!

L.S: A mí me sucede… al levantarme al día siguiente me pregunto “¿he sido yo el que ha compuesto eso? ¡No tiene nada que ver conmigo!”.

K: Bien, yo a eso lo llamo inspiración. Esa es su intuición, el punto más elevado de su inteligencia que actúa súbitamente. Eso es a lo que me refiero. Si uno mantiene su cuerpo, su mente y sus emociones en armonía, puros y fuertes, ese es entonces el grado más alto de inteligencia, a partir del cual actúa la intuición. Esa es la única guía. Y en cuanto a los poetas, dramaturgos, músicos, a todos los artistas, deberían ser anónimos, estar desapegados de todo lo que crean. A mi entender, esa es la mayor verdad: ser, dar, y mantenerse desligado de lo que se da. Al fin y al cabo, los más grandes artistas del mundo dicen: “Mirad, tengo algo que, si de verdad lo comprendéis, hará que vuestra inteligencia se desarrolle sin límites, actuará como intuición vuestra. Pero no me adoréis como individuo… No es obra mía, después de todo”. La mayoría de los artistas, no obstante, quieren que su nombre aparezca al pie del cuadro, que se les admire; quieren recibir títulos y diplomas.

L.S: He aquí la eterna pregunta: ¿Es la verdad relativa o absoluta? ¿Es la misma para todos, o diferente para cada uno?

K: Ni lo uno no lo otro, señor.

L.S: ¿Qué es entonces?

K: No se puede describir. Usted no puede describir aquello que le inspira para componer música, ¿no es así? Si se le preguntara: “¿Es absoluto o relativo?”, contestaría: “¡de qué me habla! No es ni lo uno ni lo otro”. ¿Comprende? No se puede decir que sea lo absoluto, o lo relativo; está más allá de la materia, del tiempo y del espacio. Tomemos, por ejemplo, el agua de ese rio que corre ahí afuera. Está limitada por sus orillas; así que podría usted, contemplando el agua decir: “el agua está siempre limitada”, porque ve los estrechos márgenes que la contienen. Pero si estuviera usted en medio del océano, donde lo único que ve a su alrededor es agua, tal vez diría: “el agua es ilimitada”.

L.S: Es una respuesta perfecta… no necesita decir más. Está dicho todo.  ¿Existe un patrón, un criterio de belleza en el campo del arte, o cada persona encuentran su propio sentido de belleza a la que responde? La pregunta está relacionada con la cuestión del gusto. La gente siempre dice: “esto es de buen gusto; eso es de mal gusto”. ¿Con qué autoridad hace alguien esa afirmación?

K: Yo diría que la de su propia experiencia.

L.S: Es decir, su respuesta personal. Entonces, ¿puede autoridad alguna establecer lo que es bueno o malo en el campo del arte?

K: No; sin embargo, sostengo que la belleza existe en sí misma más allá de todas las formas y de todas las apreciaciones.

L.S: ¡Ah!, ¿se trata, así pues, de algo eterno?

K: Como la eterna fragancia de la rosa. Señor, usted escucha música, y yo escucho música; usted oye un vasto plano de vibraciones, y yo oigo el simple sonido, pero ese simple sonido se corresponde con todo su vasto plano.

L.S: Sí. Es una cuestión de percepción personal, de experiencia. La respuesta es, por tanto, igual a la de la pregunta anterior: en sí misma es a la vez relativa y absoluta, pero para nosotros es relativa.

K: ¡Tiene que serlo!

L.S: En la vida vemos que existe el diseño en las artes, en nuestro cuerpo, en las maquinas, y en todo; el diseño de un automóvil se basa en la idea de su función. ¿Cuál es la función de la vida, de toda la vida?

K: Expresarse a sí misma.

L.S: ¿Cómo nace el orden a partir de su doctrina de la libertad?

K: La libertad, señor, es la meta común para todos… ¿admite eso? Si cada ser humano se da cuenta de que la libertad es la meta común, cada uno, al moldearse a sí mismo y al adaptarse a esa meta común, solo puede crear orden.

L.S: ¿Quiere decir que, si vivimos de acuerdo con el ideal de libertad, con el ideal de belleza, al final habremos de llegar todos a la misma meta?

K: Por supuesto, ¿no es así?

L.S: ¡…! ¿Y entonces habrá orden?

K: En la actualidad, usted, yo, y media docena de personas más tenemos cada uno diferentes ideas sobre cuál es la meta final. Pero si nos sentáramos todos y preguntáramos: “¿Cuál es el objetivo supremo para cada uno de nosotros?”, responderíamos que la libertad y la felicidad, todos y cada uno. Entonces, aunque usted trabaje de una manera y yo de otra, realizaríamos cada uno nuestro trabajo en pos de una misma meta. Y necesariamente habría orden.

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